Mensaje del Director

Colombia necesita líderes sociales, líderes que puedan mirar a los ojos el dolor ajeno, que puedan conmoverse ante las realidades de lo cotidiano, líderes que, a pesar de las pocas posibilidades de hacer algo, decidan seguir con pasión su corazón y aventurarse en el camino más insólito de todos: el camino de lo social.

No hay mejor persona que pueda hablar del hambre sino quien la ha padecido, del horror de la guerra sino quien huyó de ella, quien pueda hablar del desempleo, sino quien lo vive por falta de preparación laboral o de oportunidades, quien pueda hablar de la exclusión, sino quien la sufre, quien pueda señalar el abuso a menores, sino sus propias víctimas.

La Fundación Mundo Mejor nació en 1996 producto del empeño de un grupo de personas que, aunque no estabamos preparados para crear una fundación ni contabamos con el dinero suficiente para cubrir los gastos de las actividades sociales a los que nos aventuramos, decidió creer en su sueño de contribuir a un Mundo Mejor, albergando un grupo de niños y niñas que antes se encontraban en las calles mirando pasar su niñez en un marco de hambre, desescolarización, abuso y explotación.

Yo digo, hoy en día, Beata ignorancia, si no existiera este tipo de ignorancia, no habrían nacido instituciones como la nuestra, del corazón del hombre, que garanticen el más alto estándar: el de la solidaridad humana.

Gracias a esta “ignorancia” la Fundación Mundo Mejor ha acompañado en los procesos necesarios para mejorar la calidad de vida de más de 750 familias y para brindar una esperanza a más de 1.200 niños y niñas, durante estos años de existencia.

Seguir nuestro sueño no ha sido fácil, pero obtenemos la valentía al ver a diario las miradas de los niños y niñas que cuentan con nosotros, que nos impulsan a decirles siempre sí, a tenderles nuestra mano protectora. Son ellos quienes nos imprimen la fuerza necesaria con su ejemplo, porque tienen el don de  ver en lo cotidiano la alegría de lo simple y la esperanza de lo complejo. Créanme que cada uno de ellos y de ellas vale la pena. Y cómo decir que no a los verdaderos héroes de nuestros tiempos, a los verdaderos mártires de una sociedad cambiante.

Cuando era religioso pensaba que tenía que vivir una vida en donde tenía que dedicarme a disminuir mis defectos personales, pero hoy, en el diario vivir del trabajo social, descubrí que eso no era lo importante, que incluso nuestros defectos podían ser de ayuda si los sometemos a un interés más grande, convirtiéndose en una herramienta para poder sacar adelante las realidades quijotescas y vivir una experiencia personal mucho más profunda que nuestra propia santidad. El orgullo, por ejemplo, no nos deja desistir en los momentos más difíciles, la vanidad nos exige que los programas realizados para la comunidad sean integrales y bien elaborados, la ira que podemos padecer al ver las injusticias, se transforma en oportunidades de acciones concretas para el prójimo.

Hoy creo en otro tipo de santidad, una santidad que va ligada a nuestro desempeño en lo social y que nuestra santificación se encuentra en vivir a cabalidad las frases de las bienaventuranzas. Creo en una santidad social.

Europa tuvo la primera y segunda guerra mundial, causa de dolores agudos que ayudaron a una reflexión social y que motivaron un cambio de mentalidad, que hoy se traduce en menos muertes violentas, menos desempleo, menos exclusión social, menos habitantes en situación de calle, menos niños y niñas desescolarizados. Debemos entender que una sociedad culta en sus realidades sociales, será una sociedad de acción implacable.

Vivimos en cambio, nosotros, en una sociedad llena de dolores sociales que, lamentablemente, no tienen nada que envidiarle a una guerra. Una sociedad donde existen diferentes tipos de cultura: la cultura del libro, la del cine, la del teatro, pero carecemos de una cultura en lo social.  Siento que los dolores que vive Colombia, por su cruda realidad, se pueden transformar si sabemos aprovecharla, si sabemos mirarla a los ojos sin escandalizarnos, si aprendemos a no ser indiferentes y a tomar parte de la solución, permitiendo que nuestras futuras generaciones puedan asumirla con naturalidad y que sus acciones sean reflejo de su determinación por la construcción de una nueva humanidad. Una sociedad donde la política se encarna en el esqueleto de lo social y, cansada de tanto sufrimiento y odio, no nos permita volver a recaer.

En mis tiempos de vida religiosa presencié un episodio que marcó mi vida: Me encontraba en un bus dirigiéndome hacia otra ciudad acompañado de una religiosa amiga mía. Durante el trayecto escuché el llanto de una niña, alcé la mirada para ver lo que sucedía y observé con ira cómo una mujer estrujaba y golpeaba a una niña para que dejara de llorar. Giré indignado hacia la religiosa, pensando ir donde estaba la mujer y hablarle muy fuerte, para detener esta situación. Entonces, le dije a la religiosa: “¡mira lo que hace esa señora!”… su respuesta fue inesperada para mí, pues me dijo: “Sí, lo veo, a esa mujer hay que amarla el doble”. Hoy soy un convencido de que si los procesos sociales no nacen de un profundo sentir solidario, de “creer” en el otro, teniendo en cuenta el elemento cultural, esencial para la transformación de nuestros pensamientos, no lograremos hacer verdaderos cambios sociales. Sólo se limitarán a ser transformaciones superficiales y momentáneas, que no ayudan a la construcción de un mundo mejor, basado en la justicia, la solidaridad, la equidad y la verdad. No podemos conformarnos con ser simples ejecutores de proyectos, debemos buscar ser encarnadores de esperanzas e ideales sociales.

En Colombia seré siempre un extranjero, por mi acento, por mis costumbres, pero nunca por mi corazón, pues fue cautivado por la alegría de un pueblo que, a pesar de los sufrimientos diarios, sonríe con esperanza, emocionándose por pequeñas cosas y conmoviéndose ante el dolor del otro. Colombia es un país en el cual es un honor vivir, por eso espero que al final de mis días digan: nació extranjero, pero murió siendo colombiano.

Hay cosas que son importantes para nosotros, como para mí lo es el orgullo de mi padre y el amor de mis hijos, son cosas que dan sentido a nuestra existencia, pero hay una cosa que aprendí por la experiencia de otros y es que la vida es una y es corta; gastémosla bien, sepamos vivirla para poder decir al final de nuestros días, como lo dice el poeta Lecrec:

“Dios mío, iré hacia ti al final de mis días, con mi sueño más loco, llevarte el mundo entre mis brazos”.

Un mundo transformado por el amor.

Hoy agradecemos a las entidades que nos han colaborado a lo largo de estos años por darse la molestia de mirar a una Fundación pequeña, pero con un corazón grande, un corazón soñador, que late con fuerza y que está lleno de pasión. ¡Gracias!

STEVE CARTY

Director Ejecutivo